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JULI CAPELLA: "EL DISEÑO SALVARÁ LA TIERRA"

Proyecto Contract nº 046

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Asegura Juli Capella que no sabe concentrarse en una sola disciplina, pero en realidad esa es su mejor virtud porque le da una visión del proyecto total que encara con espíritu renacentista. Sus impagables dotes como agitador del diseño tuvieron el momento álgido durante los años que fue presidente del FAD. Pero además el trabajo al frente del estudio que comparte con Miquel García ha dado frutos sabrosos en forma de proyectos con vocación de perdurar.

Eres un profesional polifacético. Tus proyectos abarcan desde el diseño gráfico y la comunicación hasta el industrial sin dejar nunca de lado la arquitectura. ¿Dónde te sientes más cómodo?
Me he dedicado a hacer de todo un poco, nada bien a fondo, pero es lo que me gusta. Todas las disciplinas me han aportado satisfacción y sufrimiento, y cada cosa en proporción al esfuerzo y sacrificio que ha supuesto. Si un logotipo diseñado en una tarde me aporta una satisfacción de tres días, un hotel que concibo en cuatro años me da un entusiasmo de catorce años. En lo que me siento mejor es en la próxima disciplina que puedo explorar. Me encantaría algo de joyería, urbanismo o un hospital, cosas que no he hecho nunca.

¿Cómo planteas el interiorismo? ¿Lo realizas tú o lo encargas a interioristas?
A veces hemos colaborado con gente muy buena pero también hemos realizado el interiorismo nosotros mismos, como en el Hotel Diagonal Barcelona o en la discoteca Pachá. Me gusta llevar a cabo el interiorismo cuando hago también la arquitectura. Pero como diseñador hago cualquier cosa, no sé si bien o mal. Haría un traje, una mesa, una lámpara, un rascacielos, todo es diseño.

¿Qué te aporta el interiorismo?
Me gusta el concepto de Ernest Rogers, que dijo que el arquitecto hacía desde la cucharita hasta la ciudad. Diseño una tacita, que está sobre una mesa, en una sala, dentro de un edificio, proyectado por mí, el arquitecto. Me gusta esta especie de lupa, de muñeca rusa, donde en realidad lo único que cambia es la escala, pero todo está hecho por un creador. El interiorismo es quizás la segunda o tercera capa, el escenario natural de las cosas y las personas, es importantísimo en nuestra vida cotidiana y es una parte clave del diseño. Por eso los grandes arquitectos lo han cuidado y han querido llegar siempre hasta el interior de sus obras. La arquitectura no se acaba en la fachada. Los que trabajamos en diseño sabemos que los detalles y los materiales son fundamentales para acabar de perfilar un espacio. Como decía Moneo, para acabar de dar atmósfera a tu obra.

Entonces lo ideal es realizar tanto el interior como la arquitectura del edificio.
No, para mí lo ideal es hacer lo que me pida el cliente, ya que no soy un artista y no hago lo que me da la gana. Como soy un diseñador, trabajo cuando alguien me encarga algo y por eso si me piden el interiorismo, o sólo una parte, lo hago. Pero no creo que por abarcar más vaya a hacer un mejor proyecto, me da igual. En esto soy un poco mercenario, hago lo que me pide el cliente.

¿Cómo trabajas con los interioristas para que la parte arquitectónica y el interior del edificio tengan una coherencia total?
Mi experiencia con los interioristas ha sido muy positiva. Quizás la más notoria ha sido la del Hotel Omm, con Sandra Tarruella e Isabel López, ya que desde el primer día nos entendimos perfectamente y nos respetamos radicalmente. Lo mismo puedo decir de Jordi Bieto en el Hotel Vapor Gran. Lo lógico es saber con quién vas a trabajar para poder discutir las cosas desde el primer momento. No es fácil, siempre hay momentos de tensión, pero lo más importante es hablar con la máxima educación y profesionalidad, planteando las cosas desde el punto de vista práctico y estético. Cuando trabajas con gente de calidad todo es muy fácil, pero me consta que hay experiencias muy negativas en este campo.

¿Cuáles son las principales características que debe tener un espacio público, como un hotel o un centro comercial?
Lo indispensable es que funcione para lo que se ha hecho. Si la gente se cae, no encuentra la puerta o está mal distribuido, se invalida totalmente el proyecto. Pero no es suficiente. Ahí es donde se quedan muchos profesionales aburridos, que no piensan en los que va a entrar ahí, en cómo son y en que tienen emociones. Ese es un trabajo infinito, ya que no hay una sola forma final, y ahí entra en juego el talento, la magia, la sorpresa, la innovación, que es lo que me gusta. Los aspectos prácticos por supuesto que han de hacerse bien, sólo faltaría, pero en lo que me concentro es en que la gente se sienta en un espacio confortable y agradable, o a veces desagradable y sorpresivo. Todo depende: en un centro de ocio hay que provocar la exaltación visual y, en cambio, una habitación de hotel hay que apaciguarla. En el Hotel Silken Diagonal Barcelona, los bajos son muy cañeros, con muchas formas y muy expresivos, pero en las habitaciones apenas hay un color, parece un lugar en blanco y negro, y ahí se encuentra la paz. Cada espacio requiere un tratamiento diferenciador, pero en un lugar público se debe pensar que la gente tiene sentimientos.

¿Cuáles son las claves que permiten diferenciar a primera vista un proyecto de Juli Capella?
Ninguna, en absoluto. No tengo estilo ni lo quiero tener. Simplemente intento empezar de cero en cada proyecto y hacerlo lo mejor que puedo. Reconozco que no tengo el talento extraordinario de la gente que tiene un estilo, como Ron Arad, Mariscal o Calatrava. No me importa no tenerlo, ni lo busco. Es más, me molesta cuando alguien me dice: “Es que tú sueles poner eso”, y pienso, “Pues no lo voy a poner más”. Porque no quiero tener estilo, si lo tuviera sería un artista: mi estilo es en cada momento el que creo que toca. Y a veces me he rendido a un cierto minimalismo aunque para mi está muy cerca de ser “mini malísimo”, ya que se han hecho cosas horribles. He realizado trabajos más expresivos y recargados porque pensaba que era lo que tocaba, pero estoy dispuesto a cambiar de estilo en cualquier momento. Como dijo Groucho Marx, “Oiga señora, yo tengo mis principios. Aunque si es necesario los cambio por otros”. Me gusta entusiasmarme en cada proyecto, dejándome inspirar por lo que digan el azar y el cliente. A diferencia de los genios, me interesa mucho el cliente. Para mi no es el tonto que paga mis caprichos, es una persona que ha tenido la confianza de encargarme algo y que además va a arriesgar su dinero por mí y mis dibujitos. Por tanto, le debo mucho respecto.

¿Cómo es tu relación con ese cliente?
Es una relación de amor, o procuro que lo sea. Le gustas, por eso te viene a llamar, y él te gusta. En ese momento hay un enamoramiento, un feeling. Pero después hay que consumar esa relación, te has de ir a la cama con él y tienes que pasar por el proceso de hacer el proyecto, que lo critique y que te lo cambie. Ese es el proceso hermoso pero duro de una relación. Al final se consuma el acto y nace una criatura, que es tanto de él como tuya. Cuando el cliente dice “Ese centro que has hecho”, yo le contesto “no, que hemos hecho”. Sin él no hubiéramos hecho nada. Mi satisfacción máxima es sorprenderlo dándole algo más de lo que esperaba, que él ni siquiera se imaginaba que le pudiera interesar o gustar. Eso es el orgasmo total, es lo que podríamos llamar la satisfacción de haber innovado, ir más allá de sus expectativas.

¿Qué es para ti la arquitectura?
No la considero una profesión, es una forma de vivir. Nunca he tenido la sensación de estar trabajando. Aunque tampoco me obsesiona, porque cuando salgo del estudio me olvido y no soy nada gremialista. Me horrorizan los arquitectos y los diseñadores, porque no quiero ser especialista de nada y tampoco me siento muy arquitecto. Es mi profesión y la hago, estudié esto pero no me lo tomo muy en serio en el sentido profesional, más bien en el aspecto personal y anímico.

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